TODOS SOMOS GRIEGOS, TODOS SOMOS HIJOS DE HOMERO
Quizá, para viajar a Grecia hay que poner una parte de imaginación. Para ver entre las rocas cómo la Medusa aparece entre ellas. Y para evitar que el viajero, como le sucedía a todo el que osaba mirarla, aquella horrible cabeza cubierta de serpientes, uno tiende a creer que el dios Helios, con sus rayos solares en un mar tranquilo y sosegado, deslumbra nuestros ojos para evitar que su mirada se cruce con la maligna figura, y así evitar convertirse en estatua de piedra.Y ver cómo Eolo, con sus soplos y finos vientos hace avanzar los barcos por la mar, ora violenta, ora calma, por donde Odiseo intenta llegar a su Ítaca, su reino, su meta, su final. Y nos enseña que lo importante de ése viaje no es llegar, sino el viaje mismo, su intensidad, la aventura. Los encuentros con la maga Circe, el ver el mundo tan variado y encontrarse con Polifemo (cualquier obstáculo) y que a pesar de su fortaleza, su brío, su poder desmesurado (la dificultad), es la inteligencia, no la fuerza bruta la que debe vencer. Y Ulises, sale de aquel trance porque sabe que es así. Pero en nuestro héroe sigue anidando el deseo, más que del regreso a su reino, del viaje, las nuevas aventuras de la vida, porque sabe que cuando haya llegado a Ítaca se habrá terminado todo. Lo que empuja su anhelo es reencontrarse con Penélope, la fiel amada y con su hijo Telémaco que lo esperan desde hace 20 año cuando partió para Troya a combatir en una lid en la que los dioses tomaron partido. Pero Odiseo sigue viviendo en la aventura con toda su energía, viviéndola como un héroe que sabe que pronto todo habrá llegado a su fin.Troya destruida. Y que por su irreverencia de hombre, de alguna manera se ha enfrentado a los dioses, éstos castigaron al Rey de Ítaca, Ulises, a vagar durante diez años por los mares, por el Egeo, por sus islas doradas y blancas, azules del reflejos de los mares movidos por el dios Poseidón que lo martiriza, porque Ulises es quizá el primero que empieza a cuestionar las decisiones caprichosas del poderoso dios de los mares, de los dioses, en definitiva, del Poder y eso ya es un paso hacia la civilización. Porque el hombre griego carece de voluntad: todo sucede por decisión de los dioses. Ulises lucha para que eso cambie; para que cambie la superstición por la razón, por la civilización.
Los vientos, por la caprichosa voluntad de los dioses les eran adversos al duro Odiseo; y una y otra vez devolvían sus naves al ancho mar. Pero Ulises no cesaba de luchar por el regreso a su reino, a su casa, a lo que sabe es su final como héroe, por el sacrificio que sabe ha de hacer. Porque en realidad el regreso es poner fin a nuestro viaje, a lo que de verdad tiene motivos de ser. A pesar de los desafíos, de las melosas y atrayentes y malévolas sirenas, deberá salvar los obstáculos para seguir su camino, como el de todos, hasta nuestro fin. Y los deseos y buen trato que el rey de los feacios, en la isla de Esqueria, Acínoo, y su bella hija, Nausícaa le proporcionan, no impedirán su marcha, su regreso a Ítaca, su destino final que las Parcas le tienen resevado, tras descansar y disfrutar de la hospitalidad; como cuando dejó la isla de Calipso donde vivió un amor apasionado y tuvo que ser rescatado por decisión de propio señor del Olimpo, Zeus, que envió a Hermes para que la Maga Circe no retuviera por más tiempo al rey de Ítaca.
Toda su lucha para regresar es ardorosa. Pero Ulises sabe que al final del camino, y cuando haya resuelto los problemas de su reino, del acoso a Penélope por aquella turba de interesados pretendientes, todo será lo contrario que un héroe como él desea: la rutina. Como nuestra rutina tras cualquiera de nuestras aventuras. Porque los héroes han de estar permanentemente en lucha–héroes cotidianos los de cada día, muchos anónimos– por superar los obstáculos. Los héroes, como Aquiles, han de morir jóvenes para que el mundo los recuerde como héroes por sus hazañas, por su entrega, por su huella dejada al futuro. De lo contrario llevarán una vida larga, pero anónima, anodina. Los dioses y héroes no pueden ser así, los héroes han de correr riesgos.
Un poco así hay que imaginar el mundo griego: para entrar dentro de esa inmensa cultura que ha modelado al mundo de Occidente y sigue siendo guía con lo mejor de su cultura, de lo mejor de nuestra forma de ver y entender el mundo, la civilización. Porque todos en Occidente somos griegos. Todos, aunque ni siquiera la mayoría de la veces seamos conscientes de ello, somos hijos de Homero.
Ubaldo
Un poco así hay que imaginar el mundo griego: para entrar dentro de esa inmensa cultura que ha modelado al mundo de Occidente y sigue siendo guía con lo mejor de su cultura, de lo mejor de nuestra forma de ver y entender el mundo, la civilización. Porque todos en Occidente somos griegos. Todos, aunque ni siquiera la mayoría de la veces seamos conscientes de ello, somos hijos de Homero.
Ubaldo
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